Brasil votará este domingo en una elección cuyo significado rebasa largamente sus fronteras. No se trata solamente de escoger a un presidente. Está en juego la orientación democrática de la mayor potencia sudamericana, su compromiso con la reducción de la desigualdad y la posibilidad de recuperar para América Latina una voz internacional autónoma. En esa encrucijada, una victoria de Luiz Inácio Lula da Silva representaría una señal alentadora, aunque de ningún modo un cheque en blanco.
La alternativa es Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, condenado por su participación en la trama golpista posterior a las elecciones de 2022. No corresponde atribuir automáticamente al hijo las responsabilidades penales del padre. Sí corresponde examinar el proyecto político que reivindica, sus propuestas y su relación con quienes intentaron desconocer la voluntad popular. La democracia no es un trámite que se acepta solamente cuando se gana.
El primer debate entre ambos candidatos, celebrado el 18 de octubre, mostró con crudeza la degradación del intercambio político. Flávio Bolsonaro privilegió la provocación personal y las acusaciones espectaculares sobre la discusión de políticas públicas. Entre las afirmaciones cuestionadas por verificadores independientes figuró el supuesto gasto de 7.000 millones de reales en viajes de Lula y la primera dama, cifra falsa. También presentó de manera engañosa el origen temporal del escándalo de descuentos indebidos a jubilados, cuyas investigaciones comprenden hechos iniciados durante el gobierno de su padre.
En materia de seguridad, Bolsonaro recurrió a cifras y asociaciones efectistas que no resisten una lectura rigurosa. Una democracia necesita combatir el crimen organizado, proteger a sus ciudadanos y garantizar justicia efectiva; no necesita fabricar estadísticas ni convertir el miedo en programa de gobierno. Los datos de violencia, como los económicos, deben discutirse con seriedad y sin propaganda.
La exigencia de veracidad vale para todos. Los verificadores también señalaron exageraciones e imprecisiones de Lula sobre crecimiento económico, salario mínimo y cuentas fiscales. Reconocerlo no debilita el argumento democrático: lo fortalece. Apoyar una opción política no significa abdicar del juicio crítico, y mucho menos reemplazar la comprobación de los hechos por la adhesión personal.
El balance de los gobiernos de Lula ofrece, sin embargo, razones sustantivas para preferir la continuidad de una agenda de inclusión: políticas contra el hambre y la pobreza, valorización del salario mínimo y una concepción del Estado que no considera prescindibles a los sectores más vulnerables. Es legítimo discutir los costos fiscales, la eficiencia administrativa y las tareas pendientes. Lo que resulta irresponsable es prometer recortes sin explicar con claridad quién pagará sus consecuencias sociales.
Hay, además, una dimensión regional decisiva. Brasil puede ejercer liderazgo en la defensa de la Amazonía, la cooperación sudamericana, el multilateralismo y el respeto al derecho internacional. Ese liderazgo exige coherencia: defender las instituciones dentro del país y los derechos humanos fuera de él, sin indulgencias selectivas ante gobiernos autoritarios de cualquier signo. Lula será más convincente en el mundo cuanto más firme sea su compromiso universal con esos principios.
Este domingo no debería premiarse la estridencia, la manipulación ni la nostalgia del autoritarismo. Si Lula obtiene el respaldo mayoritario, su triunfo merecerá ser saludado como una oportunidad para fortalecer la democracia y la justicia social, no como licencia para el triunfalismo. Tendrá la obligación de gobernar también para quienes no lo voten, preservar la independencia de las instituciones y enfrentar con resultados verificables los problemas de seguridad, corrupción y desigualdad.
Brasil tiene ante sí la posibilidad de afirmar que las urnas son más fuertes que las amenazas, que los hechos importan más que las falsedades y que la política puede volver a servir al interés público. Ese sería el verdadero alcance de una victoria democrática de Lula: no la derrota de media nación, sino el compromiso de reconstruir un horizonte común.